sábado, 30 de junio de 2012

El Henoteísmo

El Henoteísmo o Monolatría (del griego: heis, henos "un" y theos "dios") es la creencia religiosa según la cual se reconoce la existencia de varios dioses, pero sólo uno de ellos es suficientemente digno de adoración por parte del fiel.

Históricamente, el Henoteísmo ha aparecido en pueblos politeístas que, por ciertas circunstancias de carácter espiritual, han alcanzado el Monoteísmo. De esta manera el henoteísta no es un politeísta ni un monoteísta en sentido estricto. El Henoteísmo comparte con el Politeísmo la creencia en varios dioses, aunque no los considera tan dignos de veneración como el dios propio del henoteísta. Y comparte con el Monoteísmo la creencia de que sólo un único dios es merecedor de adoración, aunque no niega frontalmente la existencia de otros dioses.

Existe evidencia de que el Judaísmo fue henoteísta en sus comienzos, para luego evolucionar hacia el Monoteísmo estricto cerca del siglo VII A.C. Algunas muestras de esto se pueden observar en fragmentos del Antiguo Testamento como los siguientes:

  • (Cántico de Moisés, después de pasar el mar Rojo): "¿Quién como tú, Yavé, entre los dioses? Quién como tú, glorioso y santo, terrible en tus hazañas, autor de maravillas? (Éxodo 15:11).
  • (Jetró, suegro de Moisés, refiriéndose a los egipcios): "El mal que hicieron se volvió contra ellos y, en esto, reconozco que Yavé es el Dios más grande" (Éxodo 18:11).
  • (Decálogo, mandamiento primero) "No tengas otros dioses delante de mí" (Éxodo 20:3).
  • (Decálogo, mandamiento segundo) "No te postres ante esos dioses, ni les des culto, porque Yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo castigo hijos, nietos y bisnietos por la maldad de los padres cuando se rebelan contra mí" (Éxodo 20:5).


En las antiguas creencias, los dioses eran territoriales, es decir, su poder cubría un territorio determinado, así como el de los reyes sobre la Tierra. El concepto de un único dios que con su poder alcanza a todo el Universo es muy posterior, de la época de los profetas, quienes denostaron a los otros dioses como ídolos que "tienen ojos y no ven, tienen boca y no comen". En ese período, el primitivo Henoteísmo hebreo se transformó en el riguroso Monoteísmo judío actual.

También, los actuales egiptólogos, consideran Henoteísmo el culto a Atón en el Antiguo Egipto, posible precedente del Henoteísmo judío.

Algunas escuelas hindúes son henoteístas al rendir culto en exclusiva a alguna deidad hindú particular como Vishnú o Shiva específicamente.

- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre

jueves, 28 de junio de 2012

Mentiras Fundamentales de la Iglesia Católica

(Un análisis de las graves contradicciones y manipulaciones de los textos bíblicos y de la figura del Jesús histórico)

Nuestra sociedad actual, aunque presenta una modesta práctica religiosa real, permanece fuertemente influida por una poderosa cosmovisión cristiana que, lo queramos o no, mediatiza nuestra forma de pensar y, desde los centros de influencia controlados por la Iglesia, pretende imponernos a creyentes y no creyentes una determinada forma de sentir y de vivir.

Por esta razón, dado que la Iglesia católica y sus dogmas son algo que nos afecta y concierne a todos sin excepción, resulta obligada y necesaria toda reflexión que amplíe nuestros conocimientos sobre una institución y unas creencias que han modelado los últimos dos mil años de historia humana.

Todo el mundo, ya sean creyentes o ateos, cree saber qué se dice en la Biblia, aunque lo cierto es que prácticamente nadie la ha leído directamente. La mayoría conoce lo principal de la historia de Jesús, pero ¿cuantos han leído por sí mismos al menos uno de los evangelios? Lo que suponemos que está escrito en la Biblia lo conocemos porque la Iglesia nos lo ha repetido de una forma determinada durante siglos, pero la realidad de la figura de Jesús y su mensaje es prácticamente opuesta a la dada por el catecismo católico.

El autor de "Mentiras Fundamentales de la Iglesia Católica" se ha limitado a analizar con rigor los textos bíblicos para extraer de ellos sus conclusiones implícitas y explícitas más importantes, evidenciando así unos hechos fundamentales que, a pesar de que siempre estuvieron allí, nos han sido celosamente ocultados a todos. Por sorprendentes que puedan parecer las afirmaciones que se hacen en este libro, bastará que cualquier lector las contraste con una Biblia para darse cuenta de su veracidad.


- Fuentehttp://www.pepe-rodriguez.com

martes, 26 de junio de 2012

Oráculos de la Ciencia, por Karl Giberson y Mariano Artigas

Según sus autores, este libro “quiere ser una introducción seria y de amplio alcance a los seis pensadores que más han determinado las visiones científicas de nuestra cultura actual”. Y el objetivo perseguido se ha logrado con acierto. Porque, con un nivel de introducción, se presenta lo fundamental del pensamiento de los seis científicos que analiza; porque el lenguaje utilizado, la manera de presentar a cada uno de ellos y la ausencia de aparato crítico a pie de texto (las notas se remiten a las páginas finales), permiten el acceso a un amplio número de lectores no especializados a lo fundamental de cada uno de los autores; y porque pocos podrán dudar de que la selección realizada, aun siendo conscientes, tanto Karl Giberson como Mariano Artigas de que podría ser más amplia, constituye una representación de las más influyentes teorías científicas y culturales de nuestro tiempo.

Y ¿quiénes son estos científicos? Nada menos que Carl Sagan, Richard Dawkins, Stephen Hawking, Stephen Jay Gould, Steven Weinberg y Edward O. Wilson. Como hicieran los oráculos tradicionales de la Grecia clásica, adquieren ellos tal categoría, porque nos hablan de lo que necesitamos conocer: si estamos solos en el universo, de dónde venimos, si tuvo comienzo el universo, si tiene sentido nuestra existencia, si somos productos del azar, dónde encontramos respuestas a preguntas profundas e importantes. Y la adquieren, la categoría de oráculos, porque, dada la amplitud y especialización de la ciencia moderna, no podemos encontrar respuestas por nosotros mismos y necesitamos guías, oráculos, que nos muestren el camino. 

En nuestra civilización se dan dos especialidades: la de la ciencia y la de los humanistas, cada una dentro de su ámbito. Los científicos investigan y los escritores nos narran historias. Nos hacía falta lo que C.P. Snow denomina una tercera cultura, es decir, científicos literatos, que fuesen capaces de poner al alcance de un amplio círculo de lectores los hallazgos fruto de sus trabajos. Y, evidentemente, los seis autores seleccionados cumplen perfectamente este cometido. Sus obras gozan de una gran difusión y ven continuas reediciones en variados idiomas. Están llevando la ciencia al público lector, de una forma comprometida. Y es aquí precisamente donde Artigas y Giberson encuentran la posibilidad de que sus descripciones, las de estos científicos, de la ciencia puedan ser tergiversadas o distorsionadas y malinterpretadas.

Y detallan que, de sus escritos populares, considerados en su totalidad como una descripción representativa de la ciencia y de la comunidad científica, se pueden deducir las siguientes sugerencias:

a) “La ciencia se ocupa principalmente de los orígenes y muchos científicos están trabajando en diferentes aspectos de la evolución cósmica o biológica”. De una u otra manera, los seis científicos analizados vienen a concluir en el tema de los orígenes y la religión.

b) “Los científicos son agnósticos o ateos”. Es otra conclusión a la que se puede llegar leyendo a estos autores estudiados. Al respecto, Artigas y Giberson advierten: “Hemos seleccionado a los seis científicos presentados en este libro solo sobre la base de su categoría como vanguardia de los portavoces de la ciencia en inglés. Sus perspectivas filosóficas y teológicas no entran en juego. Sin embargo, vemos que ninguno de ellos cree en Dios en ningún sentido convencional”.

c) Y la tercera conclusión a la que podría llegarse es la de que “la ciencia es incompatible e incluso hostil con la religión”. Y sorprende a los autores del libro la notable hostilidad hacia la religión que caracteriza muchos de los escritos analizados.

Pues bien: Artigas yGiberson afirman rotundamente que “ninguna de estas caracterizaciones es verdadera. La ciencia no es hostil a la religión, los científicos no son firmemente ateos y los orígenes no son el foco primario de la investigación científica”. Unas afirmaciones que argumentan debidamente.

El problema estriba en que suele ocurrir con los científicos estudiados que sus manifestaciones filosóficas y teológicas vienen encubiertas con una retórica científica, presentadas en páginas categóricas de libros altamente eruditos que dan a conocer magistralmente la ciencia a un público amplio. No siempre advierten al lector de que, ocasionalmente, se mueven más allá de la ciencia y en terrenos en los que no tienen competencia; presentan sus opiniones personales con el mismo estilo que utilizan para divulgar (muy bien, por cierto) los conocimientos de la ciencia.

Tras una larga, a la par que necesaria, introducción, se accede ya al estudio de cada uno de los científicos seleccionados. A cada uno se le dedica un capítulo extenso, que consta de dos partes; en la primera, se hace un recorrido biográfico; en la segunda, se estudia el mensaje que cada uno de ellos ha ofrecido, al más amplio ámbito de la cultura, sobre el lugar de la humanidad en el esquema de las cosas. En este sentido, un nutrido repertorio de textos de cada autor acompaña a las explicaciones, complementado con declaraciones suyas en entrevistas o presentaciones públicas. Es prácticamente imposible resumir en esta breve reseña el estudio de cada uno de estos científicos; ya la exposición que hacen Artigas y Giberson encierra un notable esfuerzo de síntesis.

Los autores han intentado actuar con la mayor objetividad, evitando innecesarias polémicas y mostrando, en todo momento, su admiración por las aportaciones a la ciencia que han realizado los científicos estudiados, así como el mayor respeto y confianza hacia la ciencia, de la que ellos también son parte.

Eso sí: advierten de que, aunque el libro esté dentro del amplio espectro de “ciencia-y-religión”, sin embargo, no lo han elaborado estrictamente como tal. También, de que, dadas sus características, el libro puede ser leído sin seguir el orden correlativo de cada capítulo, pues cada uno de ellos es totalmente independiente de los otros.

Cabe preguntarse aún por los criterios utilizados para hacer la selección de científicos. Cuatro son los que apuntan los autores: 1) Tenían que ser científicos profesionales con una sólida contribución a la ciencia. 2) Igualmente, tenían que ser autores muy vendidos y que sus libros hayan formado opiniones de un público amplio. 3) Sus obras tenían que abordar las grandes implicaciones culturales, filosóficas y humanistas de la ciencia. 4) Y, finalmente, ser autores contemporáneos para poder haber formado las opiniones de esta generación; alguno de ellos ya ha fallecido, pero la vitalidad de sus obras es evidente.

Tras los capítulos dedicados a cada científico, los autores finalizan el libro con unas conclusiones, bajo el título de Ciencia y más allá. Unas conclusiones que, en modo alguno, resumen o sintetizan la obra. De una parte, compendian de alguna manera los puntos relevantes que ha abordado cada uno de los científicos y de los presupuestos de los que partieron. Y comentan: “Nuestros seis oráculos no son pues un cuerpo uniforme de pensadores, que rechacen todos la religión en nombre de la ciencia. Ninguno de ellos, sin embargo, es religioso en el sentido habitual del término, o en ningún sentido. Sus escritos producen la impresión de que la ciencia suplanta a la religión e, incluso, la explica. Pero esto requiere más explicación”. Y la dan, en un breve apartado titulado ¿Teología sin ciencia? Parten de la pregunta de si estos oráculos están justificados a la hora de presentar sus puntos de vista como si estuvieran derivados de la ciencia. Lógicamente, la respuesta es negativa, aunque puede resultar demasiado simple, por lo que argumentan su postura, de manera breve pero detallada con aproximación a cada uno de estos científicos.

domingo, 24 de junio de 2012

El Misterio de las Catedrales, por Fulcanelli


El Misterio de las Catedrales se publicó originariamente en París, Francia en 1.926, en una edición limitada de trescientas copias que se vendieron al astronómico precio de cien francos el ejemplar. Por alguna razón, su autor decidió esconderse tras un pseudónimo -Fulcanelli- y dedicar su obra a un colectivo no menos anónimo a los que llamó los “Hermanos de Heliópolis”.

Tal vez su prudencia tenía que ver con lo que había descubierto en la fachada de Notre Dame de París: todas sus imágenes en piedra debían entenderse como una guía para conseguir la Gran Obra alquímica: la Piedra Filosofal.

Fulcanelli se presentó como un apasionado de los juegos de palabras, por lo que él llamó cábala fonética, y aseguraba que el arte gótico –art goth en francés- era precisamente eso: un argot, una lengua para iniciados, que escondía el tremendo secreto del dominio de la materia.

Es extraño que no se sepa casi nada de la génesis de esta obra. Tan solo que se incubó en los bulevares de París de los años veinte, alrededor de un grupo de pintores bohemios, esoteristas de gran cultura y libreros. Algunos, como el filósofo alsaciano René Schwaller de Lubicz, gran conocedor de Egipto, estaban profundamente interesados por la naciente física de los átomos. Otros, como el pintor Julien Champagne, por la obtención del oro alquímico. Precisamente Champagne pintó las 36 láminas originales del libro. Murió en 1.932 sin haber conseguido sus sueños, pero no son pocos los que creen que él fue el redactor de El Misterio de las Catedrales y de su secuela Las Moradas Filosofales. Y también que se disfrazó tras un pseudónimo para que la atención del lector se centrara sobre la obra y no sobre su autor.


- Fuente: www.ikerjimenez.com

jueves, 21 de junio de 2012

Sorpresa!... El mundo no acaba en 2.012

Los arqueólogos William Saturno, de la Universidad de Boston y David Stuart, de la Universidad de Texas, han anunciado el descubrimiento del calendario maya más antiguo encontrado hasta la fecha, que data del siglo IX. El hallazgo se ha realizado en el yacimiento maya de Xultún, en Guatemala. El calendario es el primero que se descubre en los muros de un edificio y no sobre papel, y está pintado en las paredes de un pequeño habitáculo que, según creen los investigadores, podría ser de un lugar donde se reunían los astrónomos. En el muro norte se plasman todos los ciclos astronómicos importantes para los mayas, como los de Marte, Venus y los eclipses lunares. Estas fechas se extienden unos siete mil años en el futuro, lo que constituye otro desmentido a la falaz creencia de quienes -basándose en interpretaciones segadas de la medida maya del tiempo- postulan que los mayas predijeron el fin del mundo en 2.012.

Calendario Maya

- Fuente: HISTORIA National Geographic - Julio, 2.012

martes, 19 de junio de 2012

El Espía que Coleccionaba Mariposas


Sir Lord Robert Cecil Stephenson Smyth Baden-Powell, primer barón de Baden-Powell, nacido en 1.857, es conocido por ser el fundador del movimiento Scout, pero sus actividades van mucho más allá: también fue teniente-general del ejército británico y escritor.

Lord Baden-Powell
En 1.876 comenzó su actividad militar en el 13º de Húsares en la India y sus actividades en el ejército, especialmente en la época que pasó en África, tuvieron su reflejo en lo que más tarde sería el movimiento Scout. También fue agente de inteligencia (o espía), y en esta tarea es donde mostró claramente su ingenio, como se evidencia a continuación. Solía viajar disfrazado y simulando que era un coleccionista de mariposas, lo que quizás fuera también cierto en parte, pero en cualquier caso su afición por los insectos le permitía detenerse en algún lugar y dibujar una mariposa. Nadie sospecharía de un coleccionista dibujando un ejemplar y, por supuesto, nadie sospecharía del propio dibujo, que era una mariposa a todas vistas.

En la imagen se puede ver el dibujo de una mariposa que hizo Baden-Powell, y también puede verse qué escondía realmente. Lo que hacía nuestro protagonista era dibujar, simulado dentro de la mariposa, los planos de las instalaciones militares a las que se acercaba simulando ser un personaje inofensivo. Ocurrente, sin duda.



lunes, 18 de junio de 2012

Cornelio Agripa: el alquimista feminista


Quizás no tan célebre como su contemporáneo Paracelso, Cornelio Agripa se ganó de todas maneras una envidiable reputación como alquimista a inicios del siglo XVI. En el tiempo de la vida de Agripa (1.486-1.535), en parte gracias a la difusión de ideas por vía de la imprenta, y en parte por el relajamiento del poder católico, la Alquimia y el esoterismo en general vivieron un período de resplandor. Pero menos conocido es el hecho de que Agripa escribió un tratado que hoy día calificaríamos sin ambages como de feminista, porque defiende la superioridad de la mujer frente al varón. Su título lo dice todo: "Sobre la nobleza y la preeminencia del sexo femenino" ("De nobilitate et praecellentia foeminei sexus").

Aunque publicada en 1.529, esta obra en realidad es un trabajo de juventud, dos décadas anterior. La existencia siempre errabunda de Cornelio Agripa tenía por escenario en ese 1.509 la ciudad de Dole, actualmente francesa, pero que en el siglo XVI era la capital del Franco Condado, que a su vez dependía del Sacro Imperio Romano Germánico, y que estaba bajo la regencia de una casi treintañera Margarita de Austria, hija de Carlos «el Temerario» y entonces ya tía de un niño que sería el futuro Carlos I de España y V de Alemania. Es a esta Margarita (seis años mayor que el propio Agripa) a quien el autor dedica su obra, probablemente con interés escondido, claro. De manera quizás sorprendente para un ocultista, aunque debe considerarse la época, por supuesto, Cornelio Agripa se basa principalmente en la Biblia, y en particular en el personaje de Eva, de quien parte diciendo que su nombre es, «Vida», en contraste con Adán cuyo nombre es «Tierra», anotando así un punto para las mujeres, ya que razona Agripa, el hombre fue creado antes del Paraíso y la mujer ya una vez dentro de éste, y por lo tanto, ella es el nexo último entre todas las criaturas vivientes. Además, Eva es inocente del pecado original en concepto de Agripa, porque la prohibición de no atiborrarse de manzanas era para Adán como criatura nacida fuera del Paraíso, no para ella. Y remata atacando la misoginia habitual en los teólogos, señalando que Dios ha dispuesto que la mujer quebrará la cabeza de la Serpiente (en la escena en que los echa del Paraíso, claro), y como ya sabemos que la Serpiente es el Demonio... (A Lutero le seguirá pareciendo bueno este argumento unos años después, pero misógino como era, no lo llevó hasta las últimas consecuencias de Agripa).


Agripa le atribuye a la mujer un papel esencial en la procreación, lo que hoy en día es obvio, pero para la época no, habida cuenta de que en ese tiempo primaba la opinión en contrario de nada menos que Aristóteles. Llega al extremo (erróneo, claro) de considerar la partenogénesis como algo frecuente en los animales. Se refiere a que María es la única que ha procreado siendo virgen, pero refiere leyendas turcas sobre islas en que las mujeres procrean fertilizadas por el viento. También le confiere superior valor a la relación de apego entre madres e hijos, por encima del simple deber de respeto que existe respecto de los padres.

Agripa no pierde el tiempo en loar a grandes mujeres como Lucrecia, la Samaritana del Evangelio, María Magdalena, santas como Clotilde, Hildebranda y Brígida, las amazonas y Juana de Arco. María, por su parte, es alabada como superior incluso al más superior de los hombres, mientras que Judas es peor que la peor de las mujeres. Claro, hubiera sido interesante conocer la opinión de Margarita de Austria respecto del libro y sus alabanzas hacia lo femenino, pero digamos en su beneficio que ella contó con el apoyo pertinaz de los optimates de sus dominios, los que gobernó sin el recurso habitual de las gobernantas en la época de anteponer un esposo o hijo títere para mandar a su través. Apenas llegó al trono español, su sobrino Carlos I se peleó con ella, pero pronto debió admitirla como un apoyo necesario, y de hecho Margarita de Austria fue uno de los grandes bastiones en que se apoyó la política continental de Carlos hasta la muerte de ella en 1.530. Todo lo contrario a lo que sucedió con su contemporáneo Lorenzo «el Joven», a quien Nicolás Maquiavelo dedicó su libro  "El Príncipe", y que lo mejor que hizo en vida fue morirse para que su tumba fuera adornada por las estatuas del gran Miguel Angel.

sábado, 16 de junio de 2012

La Religión en el Imperio Inca


En primer lugar, es importante mencionar que entre los incas no existió el concepto abstracto de «Dios» como se define en las culturas occidentales de la actualidad. Los múltiples dioses que eran objeto de culto poseían nombre propio, y muchos de ellos estaban asociados a funciones específicas. Además, como la sociedad andina era básicamente agraria, muchas veces la actuación de las divinidades estaba relacionada con fuerzas de la naturaleza y los factores climáticos, que condicionaban la vida de los pobladores andinos. Así, los incas tuvieron como dioses a cuerpos celestes, accidentes geográficos, fenómenos atmosféricos e, incluso, a sus propios ancestros.

El culto a Inti
Todas las deidades estaban asociadas con el término «huaca», palabra quechua que indica todo lo sagrado. El Inca era reconocido por la gente andina como huaca viviente, que tenía el poder de comunicarse con el universo sagrado y era el encargado de, a través de los rituales, mantener el equilibrio entre los hombres y los dioses.

De la misma manera que otras sociedades andinas, los incas tuvieron una peculiar visión del Tiempo y del Espacio. El Tiempo fue concebido de manera sagrada y cíclica. Así, se pensaba que existían ciclos de destrucción y renovación del mundo, al igual que en el calendario maya.

El Universo estaba dividido en tres partes:
  • hanan pacha, la morada de los dioses y de los objetos celestiales
  • kai pacha, el mundo presente y tangible
  • ucu pacha, el mundo de abajo o de las cosas que todavía no germinan.

Aparentemente, en el ucu pacha se encontraban los muertos que habían retornado a su pacarina, o lugar de origen. Entre el hanan pacha y el ucu pacha había lazos de complementariedad, siendo el kai pacha el punto de encuentro en el que se unían ambos planos del Universo.

Dentro de las deidades, la más popular fue el dios Inti, el Sol, también conocido como Punchao. Era considerado el Padre de los incas y la divinidad tutelar del Tahuantinsuyo. Las crónicas indican que el Inti o el Sol fue representado mediante una estatuilla pequeña esculpida en oro que se guardaba en el Coricancha, o Templo del Sol, en la ciudad de Cuzco, la capital del imperio.

Otros dioses importantes de la religión incaica fueron:
  • Huiracocha: su culto estuvo repartido por el sur andino, y tenía antecedentes religiosos de las culturas Huari y Tuahuanaco.
  • Illapa: dios de los rayos llamado también Chuquilla, Catuilla o Libiac. Era capaz de hacer llover, granizar y tronar con el simple acto de hacer batir su honda.
  • Pachacámac: divinidad principal de la costa central. Cuando los numerosos preincaicos que la adoraban fueron dominados por los incas, su culto se mantuvo y fortaleció bajo el imperio.
  • Quilla: la Luna, y la pareja del Sol, su culto estaba relacionado con los muertos y la fertilidad. La Luna se vinculó a la plata, y en sus templos había objetos de ese metal.

jueves, 14 de junio de 2012

Mujeres, Matemáticas y Discriminación


El caso de Philippa Garret Fawcett es digno de tener en cuenta y destacar, ya que en la Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX, en el que le tocó vivir, consiguió un hito que hasta entonces ninguna otra mujer había logrado: obtener la mayor puntuación en los exámenes finales de la carrera de Matemáticas en la Universidad de Cambridge.

Al que obtenía la máxima puntuación se le distinguía como “Senior Wrangler” (instaurado en 1.748 y que todavía continúa realizándose), pero el problema estaba en que ninguna mujer hasta aquella fecha (7 de junio de 1.890) lo había conseguido. Un contrasentido en el que las estrictas normas de Cambridge permitían examinarse, pero no contemplaba la posibilidad de que una hembra fuese reconocida con la más alta distinción.

Philippa Garrett Fawcett
Philippa se presentó a las duras pruebas que se realizaban a lo largo de 8 días consecutivos y en los que, durante cinco horas y media, debían contestar correctamente a los 12 cuestionarios que se les presentaba con 192 preguntas; en cada uno iba en aumento la dificultad. Los que obtenían mejores resultados optaban a la prestigiosa distinción y para ello debían pasar nuevamente por otros complicados 63 problemas, a lo largo de tres días más.

El día en que se dieron a conocer las puntuaciones de los exámenes, Walter W. Rouse Ball fue el encargado de leer las calificaciones de los alumnos y al llegar a la hoja en el que figuraba el nombre de las mujeres dijo contundentemente:

«Miss Philippa Garrett Fawcett, por encima del Senior Wrangler»

La joven había obtenido una calificación un 13% superior a la del siguiente alumno con mejor puntuación: Geoffrey Thomas Bennett, quien, a pesar de quedar segundo, fue agasajado como mejor alumno del año y recibió el tan honrado “Senior Wrangler”.

A pesar de no ser premiada con tal distinción, la prensa se volcó en reconocer el mérito de la joven de 22 años que había logrado superar a todos los hombres de su promoción en la difícil carrera de Matemáticas.

- Fuentehttp://amazings.es

miércoles, 13 de junio de 2012

El Ku Klux Klan

Las dos agrupaciones estadounidenses identificadas de esta manera ejemplifican a los "grupos de odio". La primera surgió en la década de 1.860 entre los Confederados, la facción sureña que defendía la esclavitud y fue derrotada por los Unionistas en la Guerra de Secesión  Americana. Los sureños se opusieron a las reformas que siguieron a su derrota y tuvieron como objetivo restaurar la "supremacía blanca" sobre la población negra, ahora libre. En 1.867, en una Convención en Nashville, conformaron el "Imperio Invisible del Sur" con una jerarquía encabezada por el "Mago Mayor" seguido por los "grandes dragones", los "grandes titanes" y los "grandes cíclopes". Vestidos con trajes y capuchas para asustar a la gente de color, salían a matarla. Conquistaron posiciones en Carolina del Norte, Tennessee y Georgia, pero su violencia alarmó a las autoridades. En 1.870-1.871 el gobierno aprobó leyes para castigar sus crímenes; sin embargo, el Klan logró restaurar la supremacía blanca en el sur y fue la verdadera razón por la que desapareciera pocos años después.

El segundo Klan surgió en la década de 1.920 y diseñó un concepto de imagen, indumentaria, rituales y difusión para promover su agenda de odio contra negros, católicos, judíos, extranjeros y sindicalistas en grandes manifestaciones. Llegó a tener cuatro millones de miembros, cuyo símbolo era una cruz en llamas. Prosperó en el sur y en la parte media del oeste. A finales de la década de 1.920 sus seguidores disminuyeron a consecuencia de la Gran Depresión. Al término de la Segunda Guerra Mundial quedaban muy pocos, pero en 1.960 el Klan vivió su resurgimiento como respuesta a la lucha por los derechos civiles que enarbolaba la población de piel oscura. En diversos puntos del sur hubo una serie de ataques y atentados. El Presidente Lyndon Johnson denunció públicamente tales ilícitos y su gobierno los condenó.

En la segunda mitad del siglo XX y el inicio del XXI los seguidores del grupo se redujeron y desarrollaron ataques aislados. El Klan actual se ha desdibujado en células que ocasionalmente se alían con otros movimientos extremistas y supremacistas como los neonazis.

- Fuente: Muy Interesante - México. Junio de 2.012

martes, 12 de junio de 2012

¿Cómo surgió la Escritura?


La mayoría de las personas más o menos cultas darían una respuesta rápida y sencilla a esta pregunta. La escritura, dirían, nació en la antigua Mesopotamia, y en concreto en el seno de la cultura sumeria, tres o cuatro mil años antes de Cristo. Y lo hizo como resultado de la necesidad que tenían los sacerdotes de llevar un preciso registro de cuántas mercancías entraban y salían de los graneros y almacenes de los templos que administraban en nombre de la divinidad.

Los más instruidos, o dueños de conocimientos históricos más vastos, añadirían, quizás, que esas primeras manifestaciones de la escritura se denominan cuneiformes en alusión al aspecto de cuña que presentan sus signos, grabados con un punzón de sección triangular sobre tiernas tablillas de arcilla sin cocer. Posteriormente, concluirían, la escritura se extendió a Egipto, donde adoptó la forma de los célebres jeroglíficos, en su origen también pictogramas o dibujos que representaban seres y objetos, para figurar después también acciones y estados y convertirse más tarde en una escritura fonética.

En otros lugares, como la Creta minóica, China, la India o Mesoamérica, la escritura habría seguido una evolución similar, también ligada de forma inexorable al incremento significativo del volumen de los excedentes agrarios y, desde luego, al nacimiento del Estado.

Esta teoría parece lógica y convincente, porque resulta coherente con lo que hemos visto hasta ahora. Casi todo lo que el hombre inventó después de abandonar por la fuerza su cómoda y milenaria existencia como cazador-recolector para encorvar día tras día su espalda sobre los caprichosos campos de labor lo hizo por necesidad, y esta necesidad en concreto, la de escribir, no pudo surgir antes. Los clanes nómadas apenas poseían nada duradero que guardar y menos aún nada de lo que llevar cuentas. Los animales, las raíces y las bayas de que se alimentaban estaban ahí; se consumían o no, pero no podían guardarse en graneros, así qué ¿para qué contarlos y registrar el resultado?

Se objetará que aquellos pueblos primitivos no tenían, es cierto, nada que contabilizar, pero sí, desde luego, mucho que contarse, y esas historias podían haber propiciado la invención de la escritura. No obstante, vivían en grupos pequeños, de modo que les bastaba con el lenguaje oral para trasmitirse entre ellos lo que quisieran, y también entre su generación y la siguiente. Los mitos, las leyendas y las sagas, nunca escritas, pero nunca olvidadas, cumplían con creces esa misión. Y si algo debía hacerse presente de otro modo, más visual, para que todos los integrantes del grupo pudieran contemplarlo o reunirse en torno a ello, simplemente se pintaba o grababa sobre las inmutables paredes de las cuevas.

Los pueblos de cazadores y recolectores, en suma, no necesitaban la escritura; y tampoco requerían de ella los primeros agricultores y ganaderos, cuyos excedentes eran tan escasos que carecía de sentido registrar su volumen. Son, en suma, las primeras civilizaciones estatales las que pueden con todo derecho reclamar la autoría de los primeros signos merecedores del nombre de escritura.

Sin embargo, no han faltado descubrimientos que han puesto en tela de juicio tan contundente afirmación. Ya desde hace mucho tiempo se tiene constancia de la existencia de signos de carácter posiblemente simbólico muy anteriores a la escritura sumeria. Sabemos, por ejemplo, que la llamada cultura Vinča, un pueblo de agricultores y ganaderos que habitó en los territorios del sureste de Europa entre el séptimo y el sexto milenio a.C., produjo ya caracteres que podrían considerarse pictogramas. Y no hace mucho, en 2.005, se hallaron en la provincia china de Henan signos de carácter geométrico grabados sobre caparazones de tortuga que fueron datados también en época neolítica, hacia el sexto milenio a.C. aproximadamente.

Como era de esperar, los defensores de la teoría tradicional han descartado que estos hallazgos puedan considerarse una verdadera escritura. En su opinión, no irían más allá de una suerte de protoescritura más cercana al arte que a la escritura misma. Pero ¿acaso resulta tan fácil de deslindar la frontera entre una y otra manifestación del espíritu humano? ¿Qué decir, entonces, de los signos grabados por el hombre primitivo en las paredes de las cuevas que le servían de hogar? ¿Resultaría entonces también disparatado afirmar que esas primeras manifestaciones artísticas del hombre fueron algo más que arte? ¿No podríamos, en realidad, encontrarnos ante el primer lenguaje escrito de la humanidad?

Aunque parezca sorprendente, es lo que sostiene la más moderna teoría sobre el origen de la escritura, formulada por el paleontólogo italiano Emmanuel Anati a comienzos de la década de 1.990. Después de estudiar y registrar más de veinte millones de signos grabados en las paredes de las cuevas de todo el mundo, llegó a la conclusión de que resultaba posible ver en ellos más que simples dibujos. Bien al contrario, además de pictogramas que representaban objetos, personas y animales, había también ideogramas, que hacían alusión a conceptos como la fecundidad o la caza, e incluso psicodramas, que figuraban estados de ánimo, nada distinto o inferior, pues, a los primeros signos de la escritura sumeria o egipcia.

Jeroglíficos
De ser así, tendríamos que adelantar bastante el origen de la escritura. Ya no hablaríamos de cinco milenios, sino de cuarenta, pues los primeros signos grabados en las paredes de las cuevas, que se encuentran en Tanzania, en el sureste del continente africano, datan de unos cuarenta mil años antes del presente. Y, sobre todo, no serviría la explicación tradicional que vincula excedente, Estado y escritura.

El hombre quizás inventó la escritura por necesidad, sí, pero no se trató de una necesidad económica, sino espiritual, la arraigada y muy humana necesidad de comunicarse. Algo que ya defendiera hace mucho tiempo el prestigioso lingüista Noam Chomsky al afirmar que todos los seres humanos llevan impresa en su mente los rudimentos de una gramática universal que la relación con los adultos tan sólo despierta. ¿Acaso no poseía esos rudimentos el cerebro del hombre de Neandertal y por ello no produjo su cultura ningún tipo de símbolo en las paredes de las cuevas?

La respuesta es compleja y aún está en el aire. Es posible que un estudio sistemático del arte parietal del Paleolítico Superior, que está aún lejos de completarse, nos permita alcanzar el consenso. Mientras, la explicación tradicional sigue siendo la más convincente. ¿O no?

domingo, 10 de junio de 2012

Malleus Maleficarum: El Martillo de las Brujas


Malleus Maleficarum (del latín: Martillo de las Brujas), es probablemente el tratado más importante que se haya publicado en el contexto de la persecución de brujas y la histeria brujeril del Renacimiento. Es un exhaustivo libro sobre la caza de brujas, que luego de ser publicado primeramente en Alemania en 1.486, tuvo docenas de nuevas ediciones, se difundió por Europa y tuvo un profundo impacto en los juicios contra las brujas en el continente por cerca de 200 años. Esta obra es notoria por su uso en el período de la histeria por la caza de brujas que alcanzó su máxima expresión desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII.

El Malleus maleficarum, escrito probablemente en 1.486, se convirtió en el manual indispensable y la autoridad final para la Inquisición, para jueces y magistrados, para sacerdotes tanto católicos como protestantes, a lo largo de los tres siglos siguientes a su publicación, en la lucha contra la brujería en Europa. Es la primera fuente a consultar para cualquier comprensión de la historia y la naturaleza de la brujería y del satanismo.

A fines de la Edad Media se estaban produciendo cambios muy bruscos en la forma de vida en Europa; era una época en la se estaban descubriendo nuevas tierras, lo que hizo que el hombre europeo se enfrentara con culturas hasta ese momento totalmente desconocidas al pensamiento del cristianismo; además, comenzaba a despertarse la conciencia popular entre los campesinos de Alemania, quienes poseían conocimientos religiosos rudimentarios mezclados con conocimientos supersticiosos ancestrales; aparecía la imprenta, que abría la posibilidad de una gran difusión de las ideas existentes, en especial de las nuevas maneras de interpretar la palabra de Dios; existían complicados estudios pseudocientíficos para leer los astros, y se creía firmemente tanto en la astrología esotérica como en la magia. Existían muchos libros sobre magia talismánica y secretos de alquimia.

El Malleus maleficarum o Martillo de las Brujas fue compilado y escrito por dos monjes inquisidores dominicos, Heinrich Kramer, también conocido como Heinrich Institoris, y Jacob Sprenger. Heinrich Kramer nació en Schlettstadt, ciudad de la baja Alsacia, al sudeste de Estrasburgo y a muy temprana edad ingresó en la Orden de Santo Domingo. Más tarde fue nombrado Prior de la Casa Dominica de su ciudad natal. Fue predicador general y maestro de teología sagrada. Antes de 1.474 fue designado Inquisidor para el Tirol, Salzburgo, Bohemia y Moravia.

Jacobus Sprenger nació en Basilea, ingresó como novicio en la Casa Dominica en 1452, se graduó de maestro en teología y fue designado Prior y Regente de Estudios del Convento de Colonia. En 1.480 fue designado Decano de la Facultad de Teología de la Universidad y en 1.488 fue designado Provincial de toda la provincia alemana.

El Papa Inocencio VIII colaboró en la campaña en contra de la brujería. En un decreto papal del 5 de diciembre de 1.484, la bula Summis desiderantes affectibus, reconoció la existencia de las brujas, derogando así el Canon Episcopi de 906 donde la Iglesia sostenía que creer en brujas era una herejía. En ella se menciona a Sprenger y Kramer por sus nombres (Iacobus Sprenger y Henrici Institoris) y se los conmina a combatir la brujería en el norte de Alemania. Tanto Heinrich Kramer como Jacobus Sprenger fueron nombrados inquisidores con poderes especiales por la bula papal de Inocencio VIII para que investigasen los delitos de brujería de las provincias del norte de Alemania. El Malleus Maleficarum es el resultado final y autorizado de esas investigaciones y estudios. Kramer y Sprenger presentaron el Malleus maleficarum a la Facultad de Teología de la Universidad de Colonia el 9 de mayo de 1.487. 

La influencia del Malleus maleficarum se vio incrementada por la imprenta. La fecha de 1.487 es generalmente aceptada como la fecha de publicación, aunque ediciones más tempranas de la obra pudieron haber sido producidas en 1.485 o 1.486. Entre los años 1.487 y 1.520, la obra fue publicada 13 veces. Después de unos 50 años, fue nuevamente publicada, entre 1.574 y la edición de Lyon de 1.669, un total de 16 veces. El texto llegó a ser tan popular que vendió más copias que cualquier otro, aparte de la Biblia, hasta que El Progreso del Peregrino, de John Bunyan fue publicado en 1.678. Los efectos del Malleus maleficarum se esparcieron mucho más allá de las fronteras de Alemania, causando gran impacto en Francia e Italia, y en menor grado, en Inglaterra. 

Algunos autores sostienen que el papa no podía saber lo que Kramer y Sprenger iban a decir en el Malleus maleficarum y que sólo había publicado la bula para decir que compartía su inquietud por el problema de las brujas. Sin embargo, la posición de la Iglesia con respecto a las brujas agravó la crisis de las persecuciones y le dio su cariz particular incrementando el odio hacia las mujeres además de encubrir las masacres. Las primeras grandes oleadas de caza de brujas son consencuencia directa del Malleus Maleficarum debido al gran éxito editorial que tuvo el libro. Aunque la Iglesia nunca aprobó oficialmente la caza de brujas, recién en 1.657 prohibió esas persecuciones en la bula Pro formandis. La caza de brujas fue una campaña organizada cuya fuente principal de inspiración fue, durante trescientos años, tanto para católicos como para protestantes, el Malleus maleficarum. Los cálculos de la cantidad de mujeres quemadas por brujas varían de 60 mil a cinco millones según distintos autores.

Traducciones contemporáneas de la obra incluyen una alemana del 2.000, por parte de los profesores Jerouscheck y Behringer, titulada Der Hexenhammer (la traducción de Schmidt de 1.906 es considerada muy pobre), y una en inglés (con introducción), realizada por Montague Summers en 1.928 que fue reimpresa en 1.948 y aún hoy se encuentra disponible como una reimpresión de 1.971 por Dover Publications. Una nueva traducción, completamente anotada por Christopher S. Mackay la hizo en noviembre de 2.006 la Cambridge University Press.

El libro está dividido en tres secciones, cada una de las cuales plantea preguntas específicas y se propone responderlas a través de argumentos contrarios. Hay poco material original en el libro; es más que nada una recopilación de creencias y prácticas preexistentes con abundantes partes tomadas de obras anteriores tales como Directorium Inquisitorum (1.376), de Nicolau Aymerich, o Formicarius (1.435) de Johannes Nider. 

La Parte I buscaba probar que la brujería o hechicería existe. Detalla cómo el Demonio y sus seguidores, las brujas y hechiceros, perpetran una plétora de males «con el permiso de Dios Todopoderoso». Más que explicar esto como un castigo, tal como muchas autoridades eclesiales de la época hacían, los autores de este libro proclaman que Dios permite estos actos, con tal que el Diablo no gane poder ilimitado y destruya el mundo. Parte de esta sección explica por qué las mujeres, por su supuesta naturaleza más débil e intelecto inferior, son por naturaleza más propensas a la tentación de Satán que los hombres. El propio título del libro contiene la palabra maleficarum, la forma femenina del sustantivo, y los escritores declaran (incorrectamente) que la palabra fémina (mujer) es una derivación de fe+minus, sin fe (o infiel, o desleal).

La Parte II del Malleus Maleficarum describe las formas de brujería. Esta sección detalla cómo las brujas lanzan hechizos, y cómo sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Un fuerte énfasis se le da al Pacto con el Diablo y la existencia de brujas es presentada como un hecho. Muchos de las informaciones del libro de hechizos, pactos, sacrificios y cópula con el Diablo fueron obtenidos (supuestamente) de juicios inquisitoriales llevados a cabo por Sprenger y Kramer.

La Parte III detalla los métodos para detectar, enjuiciar y sentenciar o destruir brujas. La tortura en la detección de brujas es vista como algo natural; si el brujo o bruja no confesaba voluntariamente su culpa, la tortura era aplicada como un incentivo para hacerlo. Los jueces eran instruidos para engañar al acusado de ser necesario, prometiendo misericordia por la confesión. Esta sección también habla de la confianza que se puede poner en los testimonios de los testigos y la necesidad de eliminar acusaciones maliciosas, pero también sostiene que el rumor público es suficiente para llevar a la persona a juicio y que una defensa demasiado vigorosa es evidencia de que el defensor está embrujado. Hay reglas acerca de cómo prevenir que las autoridades sean embrujadas y el consuelo de que, como representantes de Dios, los investigadores están protegidos de todos los poderes de las brujas.

El actual esterotipo de la bruja como una mujer de edad mayor, que vuela en una escoba acompañada por un gato, que participa en aquelarres nocturnos adorando al diablo, que forma parte de un grupo clandestino que realiza sacrificios humanos y ritos sacrílegos y que conoce todo tipo de pociones mágicas y maleficios se remonta a la antigüedad. Los cristianos fueron acusados de realizar este tipo de actos en la época del Imperio Romano: durante el siglo II fueron acusados de celebrar reuniones clandestinas en las cuales degollaban niños y mantenían relaciones sexuales no convencionales y adoraban animales. En otras épocas fueron los judíos los acusados de practicar este tipo de aquelarres. Siempre se trataba de grupos minoritarios vistos con malos ojos por la mayoría y los gobernantes. El Malleus maleficarum fue un compendio de todas estas fantasías. Las brujas, en su mayoría mujeres, eran allí acusadas de ser responsables de todos los males de la sociedad.

El Malleus maleficarum colaboró en crear el caldo de cultivo apropiado para perseguir a miles de personas en su mayoría mujeres, brujos y brujas, hechiceras y hechiceros, curanderos y curanderas, parteras y médicas hasta el siglo XVII. Entre 1.450 y 1.750 se da la llamada caza de brujas, uno de los acontecimientos más terribles de la historia de Europa.

Tanto Kramer como Sprenger eran prolíficos escritores y parte del Malleus Maleficarum es un resumen de un exhaustivo manuscrito sobre brujería escrita por Kramer. Generalmente basado en la frase bíblica, «A los hechiceros no los dejarán con vida» (Éxodo 22:18), el libro también echa mano de obras de Aristóteles, las Sagradas Escrituras, San Agustín y Santo Tomás de Aquino para respaldarse. El sexismo y la misoginia del libro es innegable: la creencia de los autores de que las mujeres eran criaturas inferiores, más débiles y fácilmente corruptibles está enfatizada a lo largo de toda la obra.

Tomado como un todo, el Malleus Maleficarum declara que algunas cosas confesadas por las brujas, tales como transformaciones en animales, eran meras ilusiones inducidas por el Demonio para atraparlas, mientras otros actos, como por ejemplo volar, causar tormentas y destruir plantaciones, eran reales. El libro habla detalladamente sobre los actos licenciosos y promiscuos cometidos por las brujas, su habilidad de crear impotencia en los hombres e incluso da espacio a la pregunta sobre si los demonios podrían ser los padres de los hijos de las brujas. El estilo narrativo es serio y completamente falto de humor: incluso los hechos más dudosos son presentados como información confiable.

- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre

sábado, 9 de junio de 2012

La Invención de la Brujería


Desde el punto de vista estrictamente epistemológico, conviene establecer en primer lugar la diferencia entre Brujería y Hechicería, términos que si bien siguen siendo empleados indistintamente a modo de sinónimos por muchos aún hoy en día (incluyendo a algunos historiadores), responden, sin embargo, a dimensiones conceptuales diferentes. La Brujería es a todas luces una construcción teológica que adquiere un carácter propio en el período tardío medieval, mientras que la Hechicería es una categoría antropológica, vertebrada sobre ritos populares de ignoto origen.

Bien es cierto que las instancias jurídicas del poder regio y eclesistínástico, enfrentadas a ambos fenómenos en los siglos XVI y XVII, no advirtieron en absoluto dicha diferencia, obnubilados por su misión de “desterrar el mal” de la sociedad, “promotores” en gran parte de aquel Zeitgeist histérico que recorrió cómo un aire pestilente y criminal sendos territorios de aquella Europa del Norte de la Edad Moderna.

Ya quedaban lejos las palabras de San Pablo que consideraba simplemente “fábulas” a todo aquel asunto de las prácticas supersticiosas sin otorgarles importancia alguna: “Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas”, escribía San Pablo a su discípulo Timoteo (1 Timoteo 4:7, Biblia de Jerusalén). La cosa quedaba clara.

Como siempre, todo cambió con San Agustín, sin duda el ideólogo y arquitecto de los fundamentos teológicos de la Brujería. Fue el primero en concebir un esquema, un prototipo cristiano de la superstición, donde establece una nítida vinculación entre superstición y demonología. Para el insigne padre de la Iglesia, todo el arsenal de creencias en horóscopos, augurios, maleficios, amuletos de toda índole y las prácticas de tratamientos médicos contrarios a la ortodoxia médica imperante en aquel tiempo era sin duda obra del Maligno y debería ser condenado como tal. Planteamiento aquel que tendrá en la época que aquí nos interesa terribles consecuencias.

No obstante, durante la Alta Edad Media, el criterio de San Agustín respecto al binomio brujería-superstición fue bastante mitigado cuando no ignorado, véase si no el Canon episcopi del siglo X. En dicho documento se recogen las creencias populares acerca del “vuelo nocturno” de mujeres siervas del diablo, pero poco más. No existen persecuciones ni quemas de brujas a gran escala enla Alta Edad Media.

Habrá que esperar a Santo Tomás de Aquino para que las ideas de San Agustín vuelvan a recobrar fuerzas y actualidad. En su Summa Theologica, el Aquinate retoma la noción de superstición de San Agustín con más profundidad y matices. Por ejemplo, distingue entre «pacto tácito» y «pacto expreso» con el demonio. El primero traduce las prácticas que incluyen desde los augurios hasta la adivinación por sueños, mientras que el segundo es un pacto directo sin más preámbulos ni sortilegios. Por supuesto, ambos pactos debían de ser castigados. Ni que decir tiene que la sutil dialéctica del doctor Angélicus tendrá una considerable influencia en generaciones posteriores de teólogos.

Sin embargo, a pesar de estos elementos teológicos que paulatinamente van a conformar el estereotipo diabólico de la bruja, y de las veleidades papales como las de Gregorio IX, que en 1.233 admite la realidad del Sabbat; y las de Juan XXII, que en 1.326 autoriza la persecución de la brujería, el “asunto” no acababa de cuajar hondo en los estamentos eclesiásticos ni modificará sustanciadamente la actitud de la Iglesia Católica en su conjunto contra las brujas.

Todo cambió a finales del siglo XV. El 9 de diciembre de 1.484, el Papa Inocencio VIII publica la bula Summis desiderantes affectibus, en la cual insiste sobre la necesidad de extirpar la brujería por todos los medios. En 1.486, Institoris y Sprenger, dos inquisidores alemanes, publican en Estrasburgo su obra el Malleus maleficarum, cuya influencia será determinante a la hora de perseguir brujos y sobre todo brujas en todo Europa.

jueves, 7 de junio de 2012

El Sincretismo: la armonía de la pluralidad


El Sincretismo consiste en intentar la conciliación de doctrinas distintas. Comúnmente se entiende que estas uniones no guardan una coherencia sustancial. También se utiliza en alusión a la cultura o la religión para resaltar su carácter de fusión y asimilación de elementos diferentes.


La palabra Sincretismo viene del griego sincretismós (DRAE) compuesto por el prefijo sin, que vemos presente en sinestesia, simbiosis o idiosincrasia, unido a un vocablo que puede derivar del gentilicio "cretense", para lo que nos apoyamos en la referencia histórica que comenta Plutarco en el capítulo del "Amor Fraternal" en sus "Moralidades", que nos dice que los cretenses dejaban a un lado sus diferencias internas en periodos de guerra.

El sincretismo religioso es un proceso, generalmente espontáneo, consecuencia de los intercambios culturales acaecidos entre los diversos pueblos. En algunos casos, se debe a una intervención oficial, como sucedió con el dios Serapis. Es un proceso en el que se intenta superar una situación de crisis cultural producida por la colisión de dos o más tradiciones religiosas diferentes. Es un intento por conseguir que dos o más tradiciones culturales diferentes sean capaces de crear un ámbito de cohabitación en armonía. Su característica principal es que se realiza a través de la mezcla de los productos culturales de las tradiciones coincidentes.

El proceso de sincretización religiosa debe desarrollarse a la manera de una simbiosis en la que los dos cultos se mantengan. Pero esta simbiosis no se debe entender como la consecución de la cohabitación de las tradiciones implicadas, la simbiosis puede dar lugar al nacimiento de una nueva identidad cultural única, incluso manteniendo dos cultos distintos. Para entender su profundidad debemos distinguir previamente entre la experiencia religiosa y la experiencia cultural. La ornamentación de la tradición, debe reconocerse como ornamentación. Debe entenderse que la esencia no se encuentra en la forma de un rito, sino en su significación, sin confundir la significación con el significado del culto. Un ejemplo para dilucidar la cuestión: la «baiana», considerada como un traje regional brasileño, es una prenda de origen africano que ha entrado a formar parte de la cultura brasileña, una prenda compartida más allá del significado que pueda tener en las distintas comunidades. El sincretismo es, por tanto, un proceso ajeno a la propuesta abstrayente de la comunión de cultos a través del reconocimiento de una divinidad común, la vía de comunión son los productos culturales de la religión. De esta manera, el sincretismo no es un proceso automático fruto del diálogo o de una puesta en común. La realización del sincretismo religioso no surge del acuerdo, sino de la cohabitación. El momento en el que dos culturas diferentes se encuentran cara a cara puede provocar un grave conflicto. El sincretismo supone aceptar la situación de crisis y afrontarla en dos etapas: la acomodación y la asimilación.

Durante la acomodación no se produce ningún cambio en ninguna de las culturas. Se produce un ajuste exterior, que se puede producir de forma rápida, pero no supone un paso sólido. La acomodación de las culturas se puede entender como una toma de consciencia por parte de los individuos de cada cultura de la existencia de una cohabitación dentro de un mismo espacio vital de dos tradiciones diferentes. Se pueden producir cambios en la fachada de cada tradición en una búsqueda de hacer más fácil la relación, pero todos los individuos guardan los valores de su cultura original. La segunda fase, la asimilación, afecta a las culturas en conflicto que se fusionan a través de una interpenetración. Los individuos pertenecientes a las diferentes tradiciones no se cierran sobre sus valores originarios, sino que se abren, aceptando y adquiriendo nuevas costumbres. Es un proceso muy lento e inconsciente. La asimilación se produce con la aparición de una historia común para las dos tradiciones. Los individuos viven el mismo día a día desde dos tradiciones diferentes, pero forman un nuevo grupo que se forma con la integración de los diferentes individuos a un nuevo ámbito social. El objetivo último del sincretismo es alcanzar la asimilación religiosa, pero para ello siempre es necesario la acomodación. La acomodación permite al individuo vivir dentro de un nuevo mundo plural como en un ámbito propio. Se podría decir que la asimilación necesita de una convivencia natural con las nuevas culturas.

En el contexto de los nuevos movimientos religiosos hablar de sincretismo es hablar sin duda de la Nueva Era o New Age. En la espiritualidad de esta doctrina existen movimientos de múltiples religiones y doctrinas, basándose en la creencia de que todas las religiones son básicamente una con "distintas ropas". Esto y su popularidad hace que la New Age sea el máximo exponente del sincretismo.

- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre

martes, 5 de junio de 2012

Clío


En la mitología griega, Clío (en griego Kleiô, de la raíz kleô, «alabar» o «cantar») es la musa de la Historia y de la Poesía Heroica. Como todas las musas, es hija de Zeus y Mnemósine, diosa vinculada a la memoria. Clío tuvo un hijo con Píero, rey de Macedonia, llamado Jacinto. Algunas fuentes afirman que también fue madre de Himeneo, también llamado Himen, un dios de las ceremonias de matrimonio, inspirador de las fiestas y las canciones.

Se le suele representar como una muchacha coronada con laureles, llevando una trompeta en la mano derecha y un libro de Tucidides en la izquierda. A estos atributos se une a veces el globo terráqueo sobre el que posa y el Tiempo aparece junto a él, para mostrar que la Historia abarca todos los lugares y todas las épocas. A veces sus estatuas llevan una guitarra en una mano y un plectro en la otra, pues también se le consideraba la inventora de la guitarra. En otras representaciones, mucho más clásicas, se representa a Clío llevando en su mano izquierda un rollo de papiro y a sus pies, una capsa o caja para guardar rollos.


- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre

domingo, 3 de junio de 2012

La Astrología: Una Visión del Universo

En la antigüedad, el hombre no tenía la visión científica tal como la concebimos hoy; producto de la iluminación y el método científico. Sin embargo, el hombre desde siempre trató de explicarse el Universo donde habitaba. Es así como desde la visión de Ptolomeo, lógica por demás en su época; todo se observaba girar alrededor de la Tierra, con lo que este llegó a la conclusión de que la Tierra debía ser el centro del Universo, lo cual es armónico, pues se corresponde con la percepción inmediata y no enfrenta el hecho contra lo que se percibe; además de que la historia sagrada y la mitología refuerzan este pensamiento.



Muy por el contrario es el pensamiento científico moderno, que basa su avance en la duda y la confrontación del hecho contra lo percibido. Esta razón primera o visión primera, apoyada en la percepción del fenómeno, generó toda una estructura de comprensión del Universo, que además hacía al hombre consiente de la armonía existente, pues no luchaba en contra del hecho percibido, lejos de esto, lo explicaba desde la postura, casi ingenua, propia de la conciencia de que había una unidad enorme; de la cual el hombre no era otra cosa que un elemento más. El hombre en la antigüedad era consciente de su minusvalía ante la inmensidad del universo. 

El ejemplo de Ptolomeo permite apreciar rápidamente el pensamiento antiguo, que procedía desde mucho antes de él y aún después de él perduró por más de 1.000 años, no en la pretensión de que con él comience o finalice una manera de ver las cosas; lo cual si sucede con Galileo, pues la percepción de que la Tierra no era el centro del Universo, y que todo se movía, en particular la Tierra; no es producto de la experiencia sensorial, sino mas bien producto del entendimiento, en pocas palabras Galileo no observó la Tierra girando alrededor del Sol, o girando sobre su propio eje, lejos de percibirlo con los sentidos lo entendió así y esto es ya una manifestación de la razón segunda, que permite inferir e inducir conocimientos nuevos, lejos de la impresión que causa la observación del fenómeno.

La ciencia de entonces, no estaba dividida por temas, como es ahora. Ella era una unidad toda y sus partes eran artes y oficios que se interconectaban y convivían con el hombre sin diferenciación clara ni discordia. Todo esto por el simple hecho de que la ciencia no hacía otra cosa que explicar el fenómeno desde la percepción, sin otra herramienta para lograrlo, que las propias capacidades humanas. Podríamos decir que, el uso de los sentidos era lo común y que el arte en el oficio derivaba de lo sensible y armónico que el hombre podía llegar a ser, según sus aptitudes, vale decir, según su cualificación.

Puestas así las cosas, las estrellas y los cielos, para el hombre de entonces, configuraban un mundo superior (como físicamente se observa); un mundo inalcanzable pero observable, pues sentía él, que los cielos eran una ventana abierta por la que podía escudriñar y que por estar abierta, sus emanaciones, indefectiblemente lo afectaban. La Astrología no es más que un intento del hombre de explicar esa emanación que recibimos de ese distante mundo y que por su configuración no podía ser evitada, mucho menos cuestionada. No en balde, en los primeros versículos del Génesis, Dios coloca dos luminarias en los cielos, para que den luz al mundo, una para el día (el Sol) y una para la noche (la Luna, que hoy sabemos que su luz no es más que un reflejo de la luz del Sol), para entonces diferentes y con emanaciones distintas.

Día y noche, luz y oscuridad, actividad y pasividad, hombre y mujer, sabiduría e ignorancia, en una palabra dualidad, así es una primera división del mundo y así también es una primera división de la Astrología, signos del día y signos de la noche, según el caso. El Sol en su tránsito del año marca cuatro estaciones en el mundo; una muy cálida, el verano propio del fuego, una muy lluviosa, el otoño propio del agua, una del frio y la oscuridad, el invierno, propio del aire y una del deshielo y de la germinación de la tierra, la primavera, propia de la Tierra. Dos estaciones densas y dos sutiles, dos elementos densos y dos sutiles, en correspondencia con la dualidad, dos estaciones del día y la actividad y dos de la noche y el letargo, la pasividad.

Así la Astrología divide el ciclo, primero en dos, día y noche y luego en cuatro, las estaciones; la primera división equivale a actividad y pasividad, la siguiente división al objeto de esa actividad o pasividad, es decir, una primera estación activa que despliega la fuerza vital, luego una activa que rinde el fruto de esa energía iniciadora y enseguida el ciclo de oscuridad que en una primera estación pasiva ofrece y entrega los frutos y una segunda estación pasiva que despliega su poder en la potenciación y descanso reparador que nos prepara para el siguiente ciclo de actividad.

Se describe así, un pulso, una onda una cresta y un valle en la onda. Al pulso sigue el ascenso, la cúspide, el descenso, nuevamente un punto en equilibrio, continuando el descenso hasta el valle para luego comenzar a subir nuevamente; así ha sido y así seguirá siendo; pues siendo esto del mundo superior, el hombre está imposibilitado de intervenirlo, su límite es la interpretación, la observación del suceso. Pero de la lectura aprendemos y es así como el hombre por analogía comprende que siendo él parte del Universo está montado en esa onda y por tanto se ve influido por ella.

Hasta aquí una rápida, alegre y distendida lectura del Sol y su ciclo anual, la luminaria del día. Pero nos es necesaria la luminaria de la noche, que también deja su influjo sobre nosotros, la una por emanación directa, la segunda por emanación reflejada, la una por acción, la otra por potenciación. Al estudiar su comportamiento, por la razón primera la vemos también en cuatro fases que al sumarlas, coinciden con 28 días casi coherentes con el mes del año, consistentes con la menstruación, la luminaria hemos dado en llamarla Luna, la Luna, femenino y el otro el Sol, masculino, de nuevo la dualidad y vemos como en cada ciclo solar de los cuatro elementos se suceden tres ciclos lunares completos, que parecen indicar una entrada en el elemento, una cúspide o punto más álgido y una salida del elemento y con ella la disposición de cambio hacia el siguiente. Formamos así, en el ciclo solar 12 periodos, tal como los 12 meses del año, tres en cada elemento y 6 en la dualidad del día y 6 para la noche, lo que es lo mismo, 6 activos y 6 pasivos.

Llegados hasta aquí tenemos un ciclo solar dividido en dos (la dualidad), que a su vez se dividen en dos para formar cuatro periodos del año (las estaciones y los elementos de la alquimia) que al unirse al ciclo lunar forman 12 periodos (los 12 signos zodiacales), tres para cada elemento o estación, siendo en estos uno cardinal (de entrada), uno fijo (de máximo esplendor) y uno mutante (de salida o de cambio) además de que, de los 12 así dispuestos, han quedado 6 diurnos y 6 nocturnos. Así entendido el ciclo anual, tenemos signos activos y signos pasivos, signos de tierra, signos de agua, de fuego y de aire (3 en cada caso) que denotan por el elemento una característica general; así, un signo diurno y de fuego, deberá ser activo y apasionado, mientras que uno de tierra y nocturno, deberá ser pasivo frio y calculador. Finalmente, en cada uno de los tres signos del período, encontraremos uno pujante que poco a poco va absorbiendo la característica del período y lo hemos llamado cardinal (que apunta a la característica del período en el que se ubica), uno fijo (que posee la característica propia del período en que está) y uno mutante (en proceso de cambio, dejando atrás la característica del período en el que está y tomando las características del período que se avecina).

Luego, el hombre observó las 12 casas o constelaciones zodiacales dándoles nombres y los planetas en el cielo que circulaban por ellas a veces hacia delante y otras veces hacia atrás o en retrogradación, lo cual le permitió configurar características más especificas, según cada caso que hizo coincidir con las características del nombre del planeta asociado al Dios mitológico correspondiente, generando las casas del zodiaco y dando origen a los domicilios, exaltaciones y una cantidad de términos más que permiten al hombre descripciones más detalladas de cada tipo. Y así, finalmente, el hombre creó todo un oficio, que nada tiene que ver con la adivinación, sino mas bien con leyes naturales que nos gobiernan y que desde el punto de vista de la armonía, nos permiten indicios sobre los distintos arquetipos humanos y el devenir de su actividad durante su vida, no es casual la afirmación tan trillada de que “todo está escrito bajo el cielo…”.

Coherentemente, a este oficio, el hombre lo llamó Astrología o lógica de los astros, que no es más que la descripción armónica del comportamiento humano, para ir en consonancia con el resto del Universo que habita, permitiéndole una guía para la búsqueda de la armonía, que las ciencias modernas, en su afán de análisis, han ido separando al hombre colocándolo en una posición ególatra de diferenciación con el resto del Universo, haciéndolo pensar que es único y separado de todo lo demás.

La Astrología no es más que una explicación de los arquetipos humanos, basada en la posición de los astros y la influencia que el hombre considera que tienen sobre su comportamiento potencial, más que ubicada en el comportamiento ante la incidencia de sucesos puntuales.

La Astrología es una ciencia orientada hacia la causa-efecto y no hacia la sustancia-accidente. Para la Astrología los sucesos son armónicos y por tanto son efectos, no son casuales y por tanto accidentes. La Astrología no describe sucesos, describe fenómenos, que suceden independientes de los actores que intervienen, pues suceden porque en un Universo armónico, las cosas tienen que suceder, porque lo hacen para mantener la armonía. Para la Astrología el suceso no acontece por casualidad, sucede porque el universo necesita mantener la armonía general y por tanto son un efecto, no hay forma de que sucesos así sean casuales o sean accidentes fortuitos.

La conciencia del hombre de estar imbuido en un ente superior no es ya fácil de alcanzar, pues dejamos atrás la razón primera y nos sumergimos en la razón segunda, engendrando en nosotros una pregunta; que habiendo hecho que avancemos en el conocimiento, nos ha alejado de la armonía primordial, una pregunta que representa la inquieta duda. Duda que no nos deja creer hasta no conocer, duda que nos aleja de la aceptación y que nos ubica en la postura ególatra de que somos diferentes, diferentes en raza, diferentes en tamaño, en lenguaje, en vestido, en origen, diferentes en cultura, diferencias todas que lejos de unirnos nos separan, nos aíslan, nos encierran en calabozos. Calabozos que inteligentemente tienen sus puertas abiertas, para que erróneamente pensemos que podemos salir de ellos cuando así lo decidamos, como si pudiéramos decidir. Esta terrible pregunta es: ¿Por qué?

Cuidado!. No es que no sea bueno aprender o que no sea bueno conocer, solo que no debemos ser esclavos de ese conocimiento. El imperio del conocimiento es engañoso y es un calabozo en el que entramos pues su puerta está abierta, pero que aun cuando el carcelero no la cierra, somos nosotros mismos los que la cerramos, pues conociendo nos sentimos seguros y las mieles de ese conocimiento nos atrapan, haciéndonos preferir cerrar la puerta tras nosotros, con lo que logramos dos objetivos, el primero evitar que nos saquen de allí y el segundo no dejar que otro entre en absurda postura egoísta y enceguecidos por la luz que emana del conocimiento no vemos que hay miles de calabozos, tantos como en una colmena, a cada uno de nosotros nos corresponde uno, así que de nada sirve cerrar la puerta, pues al que viene detrás le esperara siempre otra puerta abierta.

- Fuentehttp://masoneriaysimbolismo.blogspot.com

sábado, 2 de junio de 2012

El origen de la palabra Masón

El vocablo Masón tiene su origen en la alta Edad Media, en tiempos anteriores al Imperio de Carlomagno. Según San Isidoro de Sevilla, se denominaban machionis (albañiles) a los trabajadores de la construcción, a causa de las machinas (andamios) que utilizaban para alcanzar la altura de las paredes. De este vocablo machio derivan los términos macón (francés), mason (inglés), masón (español), maurer (alemán) y muratore (italiano). Por lo tanto, su actual utilización se remonta al siglo VIII, aunque es frecuente encontrar en antiguos textos monásticos el concepto latino magíster caementarius para definir al «maestro albañil». En determinado momento, éstos trabajadores recibieron ciertas franquicias y privilegios constituyéndose en gremios o corporaciones –llamados a menudo guildas- que gozaban de libertades especiales, entre ellas la de moverse libremente a lo largo y ancho de Europa. Es por esa razón que los masones se convirtieron en francmasones al anteponer la palabra libre a la de albañil (freemasons, freimaurer, francomuratori, etc.). Sin embargo, en la actualidad, se utiliza indistintamente cualquiera de los dos vocablos (masón, francmasón) para identificar a quienes pertenecen a la Masonería.